La Revista de la Asociación de la Misericordia para Escrituras y Teología

De la lamentación a la liberación: el ocultamiento y el hallazgo del niño Moisés (Ex 1,1 – 2,10) 

«Estaba llorando; y llena de compasión, exclamó…» (Ex 2,6). «Él» es el hijo de migrantes israelitas y “ella” es la hija de un gobernante injusto que se siente amenazado por los migrantes y hace todo lo posible por subyugar a la creciente población inmigrante. El gobernante injusto es el faraón de Egipto, mientras que quien se compadece del bebé que llora es la hija del opresor. La historia del ocultamiento y el hallazgo del niño Moisés, cuyo pueblo el faraón se propone destruir, casi con toda seguridad no ocurrió tal como se narra en el relato fundacional de Israel. Es un relato maravillosamente imaginativo que encierra muchas verdades profundas, aunque no pueda decirse que sea verídico. Se convirtió en un poderoso relato de esperanza para el Israel antiguo en cada momento de su historia, y es igualmente convincente para las personas migrantes y/o los grupos minoritarios de nuestro tiempo, cuya existencia misma está en juego. La historia nos dice que los gobernantes injustos que se sienten amenazados por poblaciones migrantes han estado presentes en todas las épocas y en diversas culturas, y que aún están en la comunidad de la Tierra. La historia del ocultamiento y el hallazgo del niño Moisés es una historia de lágrimas, de esperanza y de un abrazo liberador. 

Te invito a unirte a mí para explorar, en su contexto más amplio, este antiguo relato de lamentación, esta historia de esperanza y de misericordia liberadora. Empezamos con los primeros versículos del libro del Éxodo y los «hijos» de Israel que llegaron a Egipto con Jacob, «cada uno con su propia familia».  Jacob, como sabes, era nieto de Sara y Abraham. Si has olvidado la historia de cómo José y, más tarde, sus hermanos llegaron a Egipto y se establecieron allí, quizá te apetezca leer los últimos capítulos del Libro del Génesis (Génesis 37-50) o pasar un rato con amigos que recuerden las historias de José y sus hermanos.  

Nuestro texto dice que «Los descendientes de Jacob eran, en total, setenta personas» (Éxodo 1, 6). Siete es el número perfecto para los hebreos y los múltiplos de siete connotan plenitud. José, sus hermanos y toda su generación fallecen, y sus descendientes crecen y se multiplican. Se dice que «fueron fecundos». «Fueron fecundos y se multiplicaron, hasta convertirse en una muchedumbre numerosa y muy fuerte, que llenaba el país [Egipto]» (Ex 1, 7). El hecho de que se describa a los israelitas como «fecundos» nos hace ver el carácter machista o androcéntrico del texto: no habría aumentado el número de personas sin las mujeres de los hogares a las que no se menciona, es decir, las hijas de Israel.  

Tras esta introducción, se nos dice que «asumió el poder en Egipto un nuevo rey que no había conocido a José. Él dijo a su pueblo: “El pueblo de los israelitas es más numeroso y fuerte que nosotros. Es preciso tomar precauciones contra él, para impedir que siga multiplicándose. De lo contrario, en caso de guerra se pondrá de parte de nuestros enemigos, combatirá contra nosotros y se irá del país”» (Éxodo 1, 8-10)La ironía de la decisión del rey de «tomar precauciones contra» las familias inmigrantes israelitas, que están aumentando en número y poder, se hace evidente a medida que avanza la historia y cuando personaje femenino tras personaje femenino actúa con mucha más astucia que el rey amenazado.  

La primera estrategia del rey es esclavizar al pueblo israelita, «oprimirlos con trabajos forzados» (1,11). En la narración, a estos migrantes esclavizados en la tierra de Egipto se les atribuye la construcción de las ciudades de aprovisionamiento de Pitom y Ramsés para el rey, al que ahora se le otorga el título de «faraón», lo que indica que esta historia combina más de una fuente antigua. La estrategia de opresión del faraón, incluso cuando la intensifica, resulta totalmente ineficaz. Cuando se da cuenta de que los israelitas siguen aumentando en número, su miedo hacia ellos se intensifica y decide probar otra estrategia. Esta vez recurre a la ayuda de dos mujeres, Sifrá y Puá, de quienes se dice que eran las parteras de los hebreos o israelitas. No se nos dice si las parteras son egipcias o israelitas, solo que son «las parteras de las mujeres hebreas». El artículo definido da a entender que estas dos mujeres asisten al parto de todos los bebés de mujeres hebreas o israelitas. ¿Cómo puede ser esto si, en efecto, el creciente número de israelitas constituye una amenaza para los egipcios?  

La orden del faraón a las parteras es la siguiente: «Cuando asistan durante el parto a las mujeres hebreas, observen bien el sexo del recién nacido: si es varón, mátenlo, y si es una niña, déjenla vivir» (1, 16).  Deshacerse de los niños migrantes varones garantizará la desaparición de los israelitas. La meta del Faraón es la limpieza étnica, incluso el genocidio. Ya sean egipcias o hebreas, ambas valientes parteras mantienen una relación sana con Dios, por lo que «en lugar de acatar la orden que les había dado el rey de Egipto, dejaban con vida a los varones» (1, 17). Dado que la confianza de Sifrá y Puá está en Dios, están dispuestas a arriesgar la ira del Faraón. Cuando se les pide que den cuenta de sus actos, recurren a lo que los teólogos morales de hoy en día llamarían epikeia: siguen el espíritu más que la letra de la ley y anteponen la misericordia y la justicia a los decretos injustos de un gobernante amenazado. Su esperanza está en Dios y en la voluntad de Dios de enjugar las lágrimas. Su respuesta a la pregunta del rey —es decir, que las mujeres hebreas son más fuertes que las egipcias, por lo que dan a luz antes de que llegue la partera— tergiversa la verdad y, al mismo tiempo, demuestra que las parteras son mucho más astutas que el rey que promulgó el edicto. Nos dicen que Dios recompensa a estas mujeres luchadoras y llenas de esperanza, y los israelitas siguen prosperando.  

Mientras tanto, la ira del faraón se intensifica aún más, hasta el punto de que se ordena a todo el pueblo de Egipto que arroje al río Nilo a los niños varones israelitas recién nacidos. Las chicas no son ninguna amenaza sin los chicos: se les permite vivir. El río Nilo, fuente vital para la tierra y su gente, ahora se ha convertido en un instrumento de muerte.  En este punto, la historia da un nuevo giro: se dice que un hombre de la casa de Leví se casa con una mujer levita. No se menciona el nombre de ninguno de los dos. La mujer se queda embarazada y da a luz a un niño; cuando ve que es un bebé sano y con muchas probabilidades de sobrevivir, lo esconde durante tres meses. El lector tiene la clara impresión de que se trata de un primogénito. Pronto descubriremos que hay una hermana mayor. El padre se desvanece de la escena y el foco se dirige a los valientes intentos de la madre por salvar al niño.  

La esperanza sigue viva en los corazones del pueblo hebreo. Al igual que Sifrá y Puá, la madre del niño le gana la partida al faraón.1 En sus manos, los elementos terrestres del papiro, el betún y la brea se convierten en instrumentos de esperanza y liberación. Construye una canasta con estos elementos de la tierra, coloca a su bebé en la canasta y la coloca entre los juncos a la orilla del río. En este punto, la hermana sin nombre del niño entra en escena, una joven esperanzada. Se coloca a cierta distancia para ver qué podría suceder. En otras palabras, ella cuida de su hermanito en la cesta mientras espera a que lo rescate algún egipcio dispuesto a adoptarlo como si fuera suyo. Presencia la llegada de la hija del Faraón, que viene a bañarse en el río.  

Lo que sucede en este momento constituye un punto de inflexión en la historia del pueblo israelita. La hija del faraón, de nombre desconocido, ve la cesta entre los juncos, envía a su criada a recogerla, la abre y ve al niño que llora. No solo ve, también escucha y responde. Sus palabras, «Seguramente es un niño de los hebreos», no deja ninguna duda al lector: la hija del opresor de Israel sabe muy bien que, al rescatar a este niño, está desobedeciendo la orden de su padre. Escucha el clamor del niño abandonado y así, irónicamente, ofrece una imagen del Dios de Israel que escucha el clamor de los pobres. Se dice que se siente «llena de compasión» por el niño. Es la hija del rey, y no el propio padre, quien sabe lo que significa actuar con astucia y compasión a la vez. El verbo hebreo que se traduce como «piedad» o «compasión», ḥamal, también puede significar «liberar» o «poner en libertad a un cautivo». Este niño hebreo o israelita es liberado de la opresión por la hija del opresor. Pero eso no es todo. La hija del faraón acepta la propuesta de la hermana del niño de buscar una nodriza entre las mujeres hebreas «para criar al niño». La hermana, que, al igual que su madre y las parteras, sabe lo que es ser astuta, se ha dado cuenta de que la propia hija del opresor tiene la intención de rescatar a este niño. El bebé se vuelve a poner en los brazos de su madre, y a la madre se le paga un salario para brindarle asistencia. En otras palabras, la casa del faraón de hecho financia a la familia de Moisés durante toda su infancia. Es devuelto a su propia familia y, cuando crece, su madre lo lleva ante la hija del faraón, quien «lo trató como a un hijo». Con el tiempo, tiene dos hogares: el hogar hebreo-israelita de su nacimiento y la corte real del faraón de Egipto. Es la hija del faraón quien le llama «Moisés», pero no hasta que él ya es adulto. La narración nos deja a nosotros, los lectores, espacio para enriquecernos con las múltiples dimensiones de nuestra imaginación, incluso para imaginar qué nombre le habrán puesto sus padres.  

Esta historia del lamento a la liberación tiene incontables elementos ficticios. Simplemente no podría haber sucedido como se relata. El poder de la historia es que sucede todo el tiempo. En todas las épocas hay opresores despiadados, algunos de los cuales creen tener el monopolio de la sabiduría necesaria para entender y resolver los problemas a los que se enfrenta su mundo, hasta que resulta evidente que esa sabiduría reside en otra parte, a menudo entre los oprimidos o incluso en los propios hogares de los opresores. Esta es una historia de sabiduría y de esperanza que se hace realidad porque quienes esperaban la liberación del niño nunca abandonaron la lucha. La esperanza en Dios no defrauda.  


Notas:

  1. Sobre el paralelismo con la historia del monarca mesopotámico Sargón, cuya madre lo protegió construyendo una cesta de juncos y lanzándola al río Éufrates, véase Rita J. Burns, Éxodo, Levítico, Números, Old Testament Message, Volume 3 (Wilmington, DE: Michael Glazier (1983), p. 33.

imagen: «Moisés siendo depositado en las aguas del Nilo por su madre», de Alexey Tyranov, c. 1839-1842.

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sobre el autor

  • Veronica Lawson es una Hermana de la Misericordia australiana que escribió su tesis de maestría en la Escuela Bíblica de Jerusalén y su tesis doctoral en el Trinity College de Dublín. Fue la primera mujer en ser elegida presidenta de la Asociación Bíblica Católica de Australia. Durante muchos años, fue profesora de Estudios Bíblicos en la Universidad Católica Australiana y en sus instituciones predecesoras, antes de pasar siete años como líder de su congregación. Su libro de 2015, The Blessing of Mercy: Bible Perspectives and Ecological Challenges [La bendición de la Misericordia: perspectivas bíblicas y desafíos ecológicos], ha sido un recurso muy valioso para el estudio del carisma de la Misericordia.

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